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CON CARIÑO PARA TI.

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miércoles, 27 de agosto de 2014

CARTA A LA VIDA, CARTA A DIOS...SOLO TENGO 17 AÑOS...PENSAMIENTO PARA REFLEXIONAR...IMÁGENES CON PENSAMIENTOS.


El día de mi muerte fue tan común como cualquier otro día de mis estudios escolares. Hubiera sido mejor que me hubiera regresado como siempre en el autobús, pero me molestaba el tiempo que tardaba en llegar a casa.
Recuerdo la mentira que le conté a mamá para que me prestara su automóvil; entre los muchos ruegos y súplicas, dije que todas mis amigas manejaban y que consideraría como un favor especial si me lo prestaba.
Cuando sonó la campana de las 2:30 de la tarde para salir de clases, tiré los libros al pupitre porque estaría libre hasta el otro día a las 8:40 de la mañana.
Corrí eufórica al estacionamiento a recoger el auto, pensando sólo en que iba a manejar a mi libre antojo.
¿Cómo sucedió el accidente?, eso no importa.
Iba corriendo con exceso de velocidad me sentía libre y gozosa disfrutando del correr del auto.
Lo último que recuerdo es que rebasé a una anciana, pues me desesperó su forma tan lenta de manejar.
Oí el ensordecedor ruido del choque y sentí un tremendo sacudimiento. Volaron fierros y pedazos de vidrio por todas partes, sentía que mi cuerpo se volteaba al revés y escuché mi propio grito.
De repente desperté, todo estaba muy quieto y un policía estaba parado junto a mí, también vi un doctor.
Mi cuerpo estaba destrozado y ensangrentado, con pedazos de vidrio encajados por todas partes; cosa rara, no sentía ningún dolor.
¡Hey, no me cubran la cabeza con esta sábana! no estoy muerta. Sólo tengo 17 años, además tengo una cita por la noche, tengo que crecer y gozar una vida encantadora, ¡no puedo estar muerta!
Después me metieron en una gaveta. Mis padres tuvieron que identificarme, lo que más me apenaba es que me vieran así, hecha añicos.
Me impresionaron los ojos de mamá cuando tuvo que enfrentarse a la más terrible experiencia de su vida. Papá envejeció de repente cuando le dijo al encargado del anfiteatro: "Sí, ése es mi hijo".
El funeral fue una experiencia macabra; vi a todos mis parientes y amigos acercarse a la caja mortuoria; uno a uno fueron pasando con los ojos entristecidos.
Algunos de mis amigos lloraban, otros me tocaban las manos y sollozaban al alejarse.
¡Por favor, que alguien me despierte! Sáquenme de aquí, no aguanto ver inconsolables a papá y mamá; la aflicción de mis abuelos apenas les permite andar; mis hermanas y hermanos parecen muñecos de trapo.
Pareciera que todos están en trance, nadie quiere creerlo; ni yo misma.
¡Por favor, no me pongan en esa fosa! Te prometo, Dios mío, que si me das otra oportunidad seré la más cuidadosa del mundo, sólo quiero otra oportunidad más.
¡Por favor, Dios Mío, sólo tengo 17 años!
Cada persona tiene el destino en sus manos, de las acititudes y acciones que realice es el resultado de los momentos buenos o malos en su vida.

Para tener buenos resultados en cada paso a dar: Hay que reflexionar, meditar y poner en una balanza lo negativo y positivo de cada decisión y tomar el camino positivo, que te permita avanzar en la vida sin temores: Con mayor éxito, con paz en el alma y amor en el corazón.
No arriezguen sus vidas de formas innecesaria, dejando vivir momentos felices de sus vidas, cada momento que pierdes de tu vida, son momentos que jamás regresarán.

Vive tu vida al máximo y feliz con el amor de Dios, en tu corazón.
BUSCA A DIOS EN TODO MOMENTO Y VIVE SIN TEMORES...

viernes, 2 de septiembre de 2011

EL SECRETO DE MI PADRE. VIVENCIA DE JOSÉ ROBERTO




El cartero le extendió el telegrama. José Roberto le agradeció y, mientras lo abría, una profunda arruga surco su frente. Una expresión de sorpresa más que de dolor.
Palabras breves y precisas:
“Tu padre falleció. Entierro 18 horas: Mamá”.
José Roberto continuó parado, mirando al vacío. Ninguna lágrima, ningún dolor. -¡Nada!
Era como si hubiera muerto un extraño. “¿Por qué no sentía nada por la muerte del viejo?”
Como un torbellino de pensamientos confusos, avisó a la esposa, salió, abordó el autobús y se fue venciendo los silenciosos kilómetros de ruta, mientras su cabeza le giraba a mil.

En su interior, no quería ir al funeral, y si estaba en camino era solo para que su madre no estuviera más triste. Ella sabía que su padre y él, no se llevaban bien.
La relación con su padre había llegado al final el día que, después de una serie de acusaciones, José Roberto había decidido irse de allí.
Guardó su ropa en las maletas y partió prometiendo nunca más poner los pies en aquella casa.

Todo había sido ya solo, un empleo razonable, su casamiento, llamadas a la madre para Navidad, Año Nuevo o Pascua...
Se había desligado de la familia no pensaba en su padre y la última cosa en la vida que deseaba era ser parecido a él.

En el velorio: pocas personas.
La madre pálida, helada, llorona.
Cuando ella vio a su hijo, las lágrimas corrieron silenciosas.
Fue un abrazo de desesperado silencio.
Después –el hijo– observó el cuerpo sereno de su padre, envuelto por una manta de rosas rojas, como las que al padre le gustaba cultivar.



José Roberto no vertió una sola lágrima, su corazón no se lo permitía.
Era como estar delante de un desconocido, un extraño, un...

Se quedó en casa con la madre hasta la noche, la besó y le prometió que volvería trayendo a los nietos y a su esposa para que la conociera.
Ahora, podría volver a casa, porque aquel que no lo amaba, no estaba más para darle consejos inútiles, ni tampoco para criticarlo.
En el momento de la despedida la madre le colocó algo pequeño y rectangular en la mano:
“Hace mucho tiempo podrías haberlo recibido” –le dijo–.
“Pero, desafortunadamente solo después que él se fue lo encontré entre sus cosas más importantes”.

Fue un gesto mecánico, minutos después de comenzar su viaje de regreso, metió la mano en el bolsillo y sintió el regalo.
La luz mortecina del autobús, le mostró un pequeño cuaderno de tapa roja.


Lo abrió curioso.
Páginas amarillentas.
En la primera hoja, en la parte superior, reconoció la caligrafía firme de su padre:

“¡Nació hoy José Roberto!
¡Casi cuatro kilos! - ¡Es mi primer hijo, un muchachote!”
“¡Estoy orgulloso de ser el padre de aquel que será mi continuación en la Tierra!".
A medida que hojeaba, devorando cada anotación, sentía un dolor en la boca del estómago, una mezcla de angustia y perplejidad, pues las imágenes del pasado resurgieron firmes y atrevidas. ¡Como si acabaran de pasar!
"Hoy, mi hijo fue a la escuela”.
¡Es un hombrecito! - Cuando lo vi de uniforme, me emocioné. Y le deseé un futuro lleno de sabiduría.
La vida de él será diferente de la mía, ya que yo no pude estudiar por haber sido obligado a ayudar a mi padre.

“Para mi hijo deseo lo mejor”.- “No permitiré que la vida lo castigue"-.
Otra página...
"Roberto me pidió una bicicleta, mi salario no me alcanza, pero él se la merece, porque es estudioso y dedicado”.
“Pedí un préstamo que espero pagar con horas extras“.
José Roberto se mordió los labios. Recordaba su intolerancia y de las discusiones para tener la soñada bicicleta.
¡Si todos los amigos ricos tenían una!
¿Porqué yo no puedo tener una?

Continuó leyendo...
“Es duro para un padre castigar a un hijo, y se que el me podrá odiar por eso, pero debo educarlo para su propio bien”.

“Fue así como aprendí a ser un hombre honrado y esa es la única forma en que sé educarlo”.


José Roberto cerró los ojos y recordó la escena cuando por causa de una borrachera, hubiera ido a la cárcel aquella noche, si es que antes el padre no hubiera aparecido para impedirle ir al baile con los amigos que tuvieron el accidente.
Recordaba el auto retorcido y manchado de sangre, el cual se había estrellado contra un árbol.
Parecía oír las sirenas, el llanto de toda la ciudad, mientras trasladaban tristemente cuatro ataúdes hacia el cementerio.

Las páginas se sucedían con cortas, y largas anotaciones, llenas de respuestas que revelaban, en silencio y tristeza, que el padre lo había amado.
–El "viejo" escribía de madrugada.
Momento de soledad, en un grito de silencio, porque de esa manera era el, nadie le había enseñado a llorar y a dividir sus dolores.
Ante el mundo se había comportado duro para que no lo juzgaran ni débil ni cobarde.
Y, ahora José Roberto estaba teniendo la prueba de que, debajo de aquella fachada de fortaleza había un corazón enorme, tierno y lleno de amor.

La última página...
Aquel del día en que había partido:
"¿Dios, que hice mal para mi hijo me odie tanto?”

“¿Por qué soy considerado culpable, si no hice nada, sólo intentar transformarlo en un hombre de bien?”
"Dios mío, no permitas que esta injusticia me atormente para siempre”.
“Que un día el pueda comprender y perdonarme por no haber sabido ser el padre que él merecía tener”.
Después no había mas anotaciones y las hojas en blanco, daban la idea de que el padre había muerto en ese momento.
José Roberto cerró deprisa el cuaderno, el pecho le dolía. El corazón parecía haber crecido tanto, que luchaba para escapar por la boca.
No vio al autobús entrar en la terminal, se levantó desesperado y salió casi corriendo porque necesitaba aire puro para respirar.
“La aurora rompía el cielo y un día comenzaba”.
"¡Honren a su padre para que los días de su vejez sean tranquilos!"
Alguna vez había oído esa frase y jamás había reflexionado la profundidad que contenía.
En su egocéntrica ceguera de adolescente, jamás había intentado pensar en verdades más profundas.
Para él, los padres eran descartables y sin valor como los papeles que son tirados a la basura.
Aquellos días de poca reflexión, todo era juventud, salud, belleza, música, color, alegría, despreocupación, vanidad…

Ahora, el tiempo lo había envejecido, fatigado y también vuelto padre, aquel falso héroe.
De repente...
En el juego de la vida, él era el padre y posiblemente estaba cometiendo un error que su padre no cometió.
¿Cómo no había pensado en eso antes?
Seguramente por no tener tiempo, pues estaba muy ocupado con sus problemas, la lucha por la supervivencia, la sed de pasar fines de semana lejos de la ciudad, con ganas de profundizar en el silencio sin necesitar dialogar con sus hijos.
Jamás tuvo la idea de comprar un cuaderno de tapa roja para anotar una frase sobre sus herederos.
Jamás le había pasado por la cabeza escribir que sentía orgullo de aquellos que continúan su nombre.
¡Justamente él, que se consideraba el padre más completo de la Tierra!

La vergüenza casi lo tiró con una lección de humildad.
Quiso gritar, procurando agarrar al viejo, a su padre, para sacudirlo y abrazarlo, decirle lo que siempre hubiera querido escuchar, abrazarlo, quererlo, besarlo, pero... solo encontró el vacío.

Había una raquítica rosa roja en el jardín de su casa, cuando el sol apenas había terminado de nacer.
Entonces, José Roberto acaricio los pétalos y recordó la mano de su padre podando, y cuidando el rosal con amor.

¿Porqué nunca entendió todo esto antes?
Una lágrima le brotó como el rocío, entonces elevó sus ojos al cielo, tratando de encontrar una respuesta.
Logró solamente esbozar una ligera sonrisa, desahogándose en una confesión:
"¡Si Dios me mandara a elegir, juro que no quisiera haber tenido otro padre que no fueras tú, viejo!”
“¡Gracias por tanto amor, y perdóname por haber sido tan ciego!"


Tanto tiempo perdido, de cariño, complicidad, integración de la familia, y todo por inmadurez, falta de entender y reconocer que estaba equivocado.
Privé a mis hijos compartir con su abuelo y yo sufrí pensando que mi padre no me amaba.
Creo es el gran error de mi vida y hoy solo me queda aprender de ese error.
Esta es una historia de enseñanza y reflexión, tanto para padres e hijos, cuando tengan dudas o cualquier inquetud, optar siempre por el diálogo amable, cariñoso, franco y sincero, en donde no quepan dudas, y que el día de mañana los lleve a cometer errores irreparables y dolorosos.
A veces vemos lo que no es, porque nos cegamos en ver solo lo que queremos ver, y no nos damos el tiempo de comprobar o preguntar si las cosas son realmente como las vemos.
Siempre antes de tomar una decisión, hay que darse el tiempo necesario y agotar todos los recursos posibles para estar seguros que las decisiones son acertadas.





sábado, 21 de mayo de 2011

CARTA AMOR POR INTERNET.



¿Recuerdas? Te conocí un día en que los dos buscábamos lo mismo: una mirada nueva que nos mirase, una presencia nueva donde enredar ilusiones perdidas. Me regalaste una foto y te comenté que tenías cara de chica demasiado seria, de persona que siempre se ajustó al guión, de quien nunca se espera que falle.
Y así comenzó todo: con unos mismos deseos y una foto que yo coloqué en un rincón de mi ordenador, junto a una carpeta llena de flores virtuales. La nuestra fue una aproximación lenta, de correos casi diarios, un paso a paso sin demasiados convencimientos, un querer pero no decidir...
Muy despacio llegaron tus confesiones: un marido que había olvidado navegar en tus ojos, un cyber amor que te abandonó sin decir adiós, un hombre que te llama con frecuencia por teléfono desde muy lejos... Llegaron fotos nuevas y así descubrí que tenías un cuerpo menudo y agradable, un cálido refugio donde anidar nuevos deseos.


A veces, mientras pensaba en ti, miraba tus fotos con curiosidad. ¿Eran aquellos ojos donde yo navegaría algún día?, ¿Eran aquellos brazos los que me abrazarían?, ¿Eran los pechos tiernos que buscarían mis caricias?, ¿Eran el vientre y los muslos que acogerían mis deseos?


Así llegaron nuestras primeras citas, encuentros breves con el tiempo justo para tomar algo y tratar de asegurarnos de que éramos quienes decíamos ser. Pasaron los meses despacio, sin sobresaltos, un tiempo lento en el que íbamos construyendo un espacio para nosotros.
Un día, cuando miraba tus fotos, me di cuenta que la carpeta de flores se había abierto sola y unas cuantas se asomaban y se paseaban por la pantalla del ordenador.
Desde entonces, me las encontraba en cualquier parte en cuanto encendía el aparato. Surgían en cualquier rincón cuando trataba de leer el periódico digital, se metían en los correos que escribía a los amigos, se colaban en los programas que utilizaba en el trabajo, aparecían al abrir cualquier archivo...


Mientras trataba de hilvanar contigo conversaciones inacabadas en el Messenger, las flores de deslizaban fuera de su carpeta llenando todos los archivos abiertos, ocultaban el puntero del ratón e inundaban la ventana de conversación.
Yo te contaba cómo aumentaba mi amor y las flores se multiplicaban; te escribía cómo aumentaba mi deseo y las flores me miraban desde todos los rincones de la pantalla; te decía como suspiro por tu labios y las flores formaban una cortina de colores; escribía cuánto te echo de menos y un arco iris de flores iluminaba mis letras...


Un día, mientras trataba de escribirte pálidas líneas donde reflejar lo que te quiero, una luz intensa iluminó la habitación y me cegó por completo. El ordenador pareció cobrar vida y comenzó a escupir flores de todas las clases, flores reales, flores de todos los tamaños y colores.


Flores que se metieron en todos los muebles de la habitación, atestaron los cajones, tapizaron las paredes, cubrieron las cortinas y los visillos de las ventanas, inundaron armarios metiéndose en los bolsillos de las ropas y entre sábanas y toallas, se deslizaron por los enchufes provocando cortocircuitos, se metieron en las cañerías, se desparramaron en la cocina llenando el frigorífico y reventando el friega platos, ocultaron bajo un manto las puertas de toda la casa...


Una lluvia de pétalos de todos los colores se abatió sobre el edificio entero, cubriendo el tejado y los patios de luz, dejando un perfume intenso que podía percibirse al otro extremo de la ciudad. Cuando aquel destello de luz desapareció me encontré solo, en medio de un océano de flores que olían a ti.



Te quiero. J.
Colaboración de J.