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CON CARIÑO PARA TI.

miércoles, 15 de junio de 2016

EL MEJOR REGALO PARA LOS PADRES ES EL AMOR DE SUS HIJOS...PENSAMIENTOS EL AMOR DE UN PADRE... IMÁGENES LINDAS CON MOVIMIENTOS...


¿Papito... Cuánto me amas?
El día que mi hija nació, en verdad no sentí gran alegría. Por que 
la decepción que sentía parecía, ser más grande que el gran 
acontecimiento que representa tener una hija.
¡Yo quería un varón!
A los dos días de haber nacido, fui a buscar a mis dos mujeres, 
una lucía pálida y agotada y la otra radiante y dormilona.
En pocos meses me dejé cautivar por la sonrisita de mi 
Carmencita y por la infinita inocencia de su mirada fija y 
penetrante, fue entonces cuando empecé a amarla con locura. 
Su carita, su sonrisita y su mirada no se apartaban ni por un 
nstante de mis pensamientos, todo se lo quería comprar, la 
miraba en cada niño o niña, hacía planes sobre planes, todo
sería para mi Carmencita.
Este relato era contado a menudo por Eduardo, el padre de 
Carmencita y yo también sentía gran afecto por la niña que 
era la razón más grande para vivir de Eduardo según decía 
el mismo.
Una tarde estaba mi familia y la de Eduardo, haciendo un 
picnic a la orilla de un río cerca de casa y la niña entabló 
una conversación con su papá, todos escuchábamos: 
Papi… cuándo cumpla quince años ¿Cuál será mi regalo?
-Pero mi amor, si apenas tienes diez añitos ¿No te parece 
que falta mucho para esa fecha?...
Bueno papito... tu siempre dices que el tiempo pasa 
volando, aunque yo nunca lo he visto por aquí. 
La conversación se extendía y todos anticipamos de 
ella. 
Al caer el Sol regresamos a nuestras casas.
Una mañana me encontré con Eduardo enfrente del 
colegio donde estudiaba Carmencita quien ya tenía 
catorce años. Eduardo se veía muy contento y la sonrisa 
no se apartaba de su rostro. Con gran orgullo me 
mostraba las calificaciones de Carmencita, eran notas 
impresionantes, ninguna bajaba de diez puntos y los 
estímulos que les habían escrito sus profesores eran 
realmente conmovedores, felicité al dichoso papá.
Carmencita ocupaba toda la alegría de la casa, en la 
mente y en el corazón de la familia, especialmente en 
el de su papá.
Fue un Domingo muy temprano cuando nos dirigíamos a la

iglesia, cuando Carmencita tropezó con algo, eso creíamos 

todos y dio un traspié, su papá la agarró de inmediato para 

que no cayera...
Ya instalados en la iglesia, vimos como Carmencita fue cayendo 
lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento.
La tomamos en brazos, mientras su papá buscaba un taxi hacia 
el hospital.
Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le 
informaron que su hija padecía una grave enfermedad que 
afectaba seriamente su corazón, pero no era algo definitivo, qué 

debía practicarle otras pruebas para llegar a un diagnóstico firme.
Los días iban pasando, Eduardo renunció a su trabajo para 
dedicarse al cuidado de Carmencita, su madre quería hacerlo 
pero decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran 
superiores a los de él.
Una mañana Eduardo se encontraba al lado de su hija, cuando 
ella le preguntó:-¿Voy a morir, no es cierto? ¿Te lo dijeron los 
doctores?...
No mi amor... no vas a morir, Dios que es tan grande, no 
permitiría que pierda lo que más he amado sobre este mundo, 
respondió el padre...¿Van a algún lugar?...
¿Pueden ver desde lo alto a su familia?...
¿Sabes si pueden volver? preguntaba su hija....
Bueno hija... en verdad nadie ha regresado de allá a contar algo 
sobre eso, pero si yo muriera, no te dejaría sola, estando en el 
mas allá buscaría la manera de comunicarme contigo, en última 
instancia utilizaría el viento para venir a verte.
¿Al viento? ¿Y cómo lo harías?
No tengo la menor idea hijita, solo sé que si algún día muero, 
sentirás que estoy contigo, cuando un suave viento roce tu cara 
y una brisa fresca bese tus mejillas.
Ese mismo día por la tarde, llamaron a Eduardo, el asunto era 
grave, su hija estaba muriendo. Necesitaban un corazón, pues 
el de ella no resistiría sino unos quince o veinte días más. 
¡UN CORAZÓN!...¿Dónde hallar un corazón?...
¡Un corazón!...¿Dónde Dios mío?...
Ese mismo mes, Carmencita cumpliría sus quince años. 
Y fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante, 
una esperanza iluminó los ojos de todos, las cosas iban a 
cambiar.
El Domingo por la tarde ya Carmencita estaba operada, todo 
salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total! Sin 
embargo, Eduardo todavía no había vuelto por el hospital y 
Carmencita lo extrañaba muchísimo, su mamá le decía que ya
 todo estaba muy bien y que su papito sería el que trabajaría 
para sostener la familia.
Carmencita permaneció en el hospital por quince días más, 
los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón 
estuviera firme y fuerte y así lo hicieron.
Al llegar a casa todos se sentaron en un enorme sofá y su mamá 
con los ojos llenos de lágrimas le entregó una carta de su padre: 
"Carmencita, hijita de mi corazón: Al momento de leer mi carta, 
ya debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu 
pecho, esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te 
operaron. No puedes imaginarte ni remotamente cuanto lamento 
no estar a tu lado en este instante.
Cuando supe que ibas a morir, decidí dar respuesta a una 
pregunta que me hiciste cuando tenías diez añitos y a la cual 
no respondí. Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie 
jamás haría por mi hija... Te regalo mi vida entera sin condición 
alguna, para que hagas con ella lo que quieras.
¡¡Vive hija!! ¡¡Te amo con todo mi corazón!!" Carmencita lloró 
todo el día y toda la noche. Al día siguiente fue al cementerio 
y se sentó sobre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha 
hecho y susurró: 
"Papi... ahora puedo comprender cuanto me amabas yo 
también te amaba y aunque nunca te lo dije, ahora comprendo 
la importancia de decir "Te Amo" y te pediría perdón por haber 
guardado silencio tantas veces".
En ese instante las copas de los árboles se mecieron 
suavemente, 
cayeron algunas hojas y florecillas, y una suave brisa rozó las
 mejillas de Carmencita, alzó la mirada al cielo, intentó secar 
las lágrimas de su rostro se levantó y emprendió regreso a 
su hogar.
Para un padre, no hay felicidad más bella y gratificante que la 
felicidad y la vida de sus hijos.

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